Añatuya, resistencia frente a la presión sojera

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Cuando se habla de resistencia a los agronegocios, las familias campesinas santiagueñas son una cita ineludible. Recrean cada día otro campo.

Una recorrida por tres parajes en las afueras de Añatuya, al sudeste provincial, deja testimonio de la decisión del campesinado. Como dice Jorge Casas (64), “no darán el brazo a torcer” en esta disputa.

Según datos de la Red Agroforestal Chaco Argentina (Redaf), hasta agosto de 2011, Santiago del Estero tenía 122 conflictos por tenencia de tierras: 359.300 hectáreas en disputa.

El desmonte es la contracara de la producción campesina.
Imagen: Marcos Villa (Redaf).

La presión sojera ahoga, apunta la Redaf, un colectivo de organizaciones de base y técnicos. La provincia pasó de poco más de 500 mil hectáreas sembradas con soja en 2000 a 1.048.330 para la campaña 2011, informa un relevamiento del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). El caso del departamento Taboada, donde se encuentra Añatuya, es elocuente: más de un tercio -202.680 hectáreas- de su superficie -600.000- está alfombrada con soja.

Las perspectivas no son buenas. El Plan Estratégico Agroalimentario de Nación proyecta que en 2020 se haya pasado de 18,3 a 22 millones de hectáreas sembradas con la oleaginosa. Las organizaciones campesinas entienden que las nuevas áreas surgirán de la región chaqueña.

Don Casas mira hacia el monte con cierta añoranza. Recuerda que el paraje Pozo Herrera “era tranquilo”. Desde hace ocho años padece un conflicto, con amenazas violentas incluidas. Carlos Barrios se presentó como propietario de las 300 hectáreas en las que la familia Casas siempre crío cabras y sembró frutos.

“En el campo, me siento mejor”, comparte don Casas.
Imagen: Marcos Villa (Redaf)

Con un proceso judicial abierto desde entonces, el desalojo está latente. Pero Casas no concibe dejar la arenosa tierra rural. “A mí me convendría estar en la ciudad por mi tema de salud -tiene amputada su pierna derecha-. Pero no… para mí, el campo. Me siento mejor.”

A sus 60 años, Sixto Bravo es lucha viva. Este histórico referente campesino comparte 600 hectáreas comunitarias con once familas del Lote 28. En los 80, este hombre de andar calmo fue titular de la Comisión Central de Añatuya que, junto a la Central de Juríes, sirvió de base a lo que años después sería el Movimiento Campesino de Santiago del Estero.

La llegada de los agronegocios, desmonte mediante, trastocó la vida campesina. El libre pastoreo de cabras en áreas boscosas de uso colectivo clama por subsistir. Las especies nativas desaparecen, las majadas se reducen, el autoabastecimiento se vuelve cuesta arriba.

Diego (30), hijo de Bravo, larga una verdad dolorosa: “Muchos se quieren ir a la ciudad, están cansados. Acá es difícil”. La presión de este modelo lleva a que varios vecinos quieran “vender el campo que se ha conseguido con tanta lucha”, lamenta su padre.

Sixto Bravo recrea prácticas para “no perder el arraigo” rural.
Imagen: Marcos Villa (Redaf)

Bravo combate la desesperanza. Con fondos de la Ley de Bosques, realizó un cerramiento de tres hectáreas: creó una reserva alimentaria natural para el ganado de todas las familias. Y en paralelo protege la flora autóctona. Con este tipo de prácticas -enfatiza-, “el que se queda en el campo no va a perder el arraigo”.

“Mirá esa plantita, está toda seca”. Matías Herrera (22) apunta con su dedo hacia una víctima de los aviones pulverizadores. En el paraje Miel de Palo la aspersión con agroquímicos no distingue entre campos de algodón transgénico o siembra de alimentos campesinos. Tampoco importa si la lluvia de veneno afecta la salud. “No sé qué es. Pero deja un olor muy fuerte”.

El joven cría cabras en un lote comunitario de 400 hectáreas, que comparten cinco grupos familiares. Para parar la olla, en verano viaja a la desflora de maíz en la Pampa Húmeda. Y también hace changas, como colocación de postes y alambrados.

“Los pozos se secan, no hay monte, los animales se mueren”, enumera Matías Herrera.

La vida en el campo “está dura”. Con el desmonte la zona tiende a bajar las reservas subterráneas de agua y todo se hace más difícil. “Los pozos se secan, no hay monte, los animales se mueren”, enumera.

Frente a este cuadro de expulsión indirecta, Herrera piensa en la importancia de organizarse con otros jóvenes. Ese incipiente espíritu colectivo tiene un motivo sencillo: “Me quiero quedar acá”.

Artículo publicado en Marcha.org.ar –el 5 de julio de 2012–.

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