Otra agronomía posible

Agrónomos de profesión, Andrea Tortorolo (47) y Gabriel Arisnabarreta (51) optaron por esquivar la ruta que, aseguran, les marcaba la universidad: “Servir a una multinacional de semillas o asesorar a un pool de siembra”. Asentados desde hace 18 años en Saladillo, un par de horas al sudoeste del conurbano, decidieron apostar por la producción agropecuaria familiar y la venta directa y por dar una batalla cultural desde una escuela agrotécnica. Lejos de Caballito, barrio que pisaron hasta su juventud, la pareja milita por la agroecología, por “otra forma de vida posible”.

Barrio Cuartel 1º, a las afueras de Saladillo. Madrugada fría, aún no clarea. “La Bonita”, presenta un cartel. Adentro, 14 hectáreas de la familia Arisnabarreta. Antigua zona de chacras, área donde la (hoy desdibujada) Federación Agraria, la de los chacareros, supo ser fuerte. Por estas tierras ahora abundan los feed lots y la soja.

Humea el mate. Andrea ofrece un verde e inmediatamente suelta la primera anécdota. Quiere ilustrar de qué se trata ser agrónomo en el siglo XXI. Un día en la agrotécnica de Cazón, localidad del partido de Saladillo, un chico le apunta al Peugeot 505, modelo 82: “¿Cómo que sos agrónoma y tenés un auto tan viejo?”. “Ahí tenés el perfil que esperan de esta profesión: una buena camioneta, una notebook… en síntesis, el agrónomo es igual a agronegocio. Los pibes esperan ganar mucha plata”. Gabriel llega de ordeñar y pide la palabra. “Hoy, el agrónomo es como un visitador médico. Baja el paquete que marcan las grandes empresas. Está totalmente desligado de la sociedad, del ambiente”.

“En la universidad nunca hubo contacto con el campesino”, recuerda Andrea.

Desde hace cinco años que Andrea y Gabriel intentan abrir debates desde las aulas. Y por afuera de la educación formal, organizan charlas a través de la asociación Ecos de Saladillo. El impacto socioambiental de los agroquímicos, la deforestación, la importancia de la producción campesina y la resistencia de los pueblos indígenas son algunos los puntos que repasan.

Este temario estaba silenciado en los salones universitarios, recuerda él. Su paso por la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (UBA), entre 1976 y 1982, le indicó qué camino no quería recorrer. “Nunca un contacto con el campesino”, apunta ella. Con el impulso dejado por la Revolución Verde, agrega Gabriel, el discurso hegemónico marcaba que “el productor debía especializarse, utilizar cada vez más insumos y no debía rotar tanto sus actividades”. El objetivo de fondo: “Destruir el modelo chacarero”.  La academia fue más allá. “Hoy en la UBA directamente hay una cátedra de agronegocios”, lamenta Andrea, que cursó en la FAUBA desde 1982 a 1988.

A pesar de haber vivido siempre a cinco cuadras, Andrea y Gabriel recién se conocieron a finales de la década de 1980 dentro de un programa público que fomentaba la realización de huertas en villas de la Capital Federal. Andrea: “Me empecé a sentir bien cuando encontré que podía tener las manos en la naturaleza y trabajar con la gente”.

Tras un breve paso por la localidad de Máximo Paz, cerca de Cañuelas, donde emprendieron una granja educativa, recalaron en Saladillo. La experiencia hortícola en Buenos Aires sirvió para iniciar la producción propia, que en poco tiempo logró abastecer buena parte del consumo de verduras del pueblo.

Todo explotó, como no podía ser de otra manera, en 2001. Los números no cerraban, la mano invisible expulsaba a los pequeños productores frutihortícolas. La fabricación de quesos caseros fue la nueva alternativa, que hasta el día de hoy sobrevive. La pareja no sólo sostiene que el modelo agropecuario que se impone les parece inviable sino que “aunque es duro, trabajar agroecológicamente siempre es posible”.

Andrea piensa en Margarita (13), Sol (16) y Rocío (18), sus hijas, y recuerda que en algún momento “no había ni para zapatillas”, pero nunca dudó de la ruta elegida. “Soy feliz. No me veo haciendo algo que tenga que ver con los agronegocios”. Y aclara que más allá de lo monetario, lo que está en juego “es esencialmente una forma de vida”.

Artículo publicado en Marcha.org.ar –8 de agosto de 2012–.
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