“No queremos sembrar villas”

Francisco (53) acaba de hacerle ver su cartel a la oradora, la gobernadora Lucía Corpacci. “Las tierras son nuestras”, se podía leer. Aprovechó la 3º feria nacional de semillas, realizada en San Fernando del Valle, para levantar su bandera: la lucha por el territorio. El hombre forma parte de la Comisión de Tierras, organización que nuclea a 130 familias de 18 parajes ubicados al sur de los departamentos de La Paz y Capayán.

Cuenta que desde hace unos cinco años irrumpen empresarios en la zona: “Quieren cerrar los campos, pero nosotros estamos firmes en la lucha.” El lote comunero que Francisco ocupa junto a seis familias está en la mira de productores olivícolas y ganaderos. Los campesinos del paraje Puesto Nuevo no cuentan con el título de propiedad de las 4.600 hectáreas que siempre habitaron. El temor al desalojo está encendido.

“Nosotros preservamos el monte porque nos hace falta”, explica Francisco.

El bisabuelo de Francisco nació en la tierra que hoy olfatean las agroempresas. Según pudo constatar, la familia está radicada allí al menos desde 1878. En ese suelo resquebrajado, al pie del Cerro Ancasti, también creció su madre. “Soy nacido y criado en el paraje”, remarca como quien exhibe su documento de identidad. Hoy vive en el paraje con su esposa y cuatro hijos. Haber echado raíces por generaciones en esa geografía no fue suficiente. Aún no cuenta con la escritura del campo. “Sólo pudimos alambrar, pero no tenemos para pagar un agrimensor, para llegar a tener títulos perfectos, y tampoco recibimos ayuda.”

La comunidad vive de la cría de cabras y ganado vacuno sostenida por el alimento que ofrece el monte. Cada metro de tierra que pierdan los comuneros se traduce en desabastecimiento. “Acá no es como en la Pampa Húmeda que en con algunas hectáreas podés tener 100 vacas. Allá, 20 hectáreas es una cosa, acá se necesita esa cantidad para una sola vaca, porque es todo árido.”

Alimentarse de su producción es lo que Francisco y los suyos saben hacer. Cuentan con la garantía de que,a pesar de las inclemencias del clima, la comida no falta. El campesino insiste en estas ideas para apuntar que “hoy no podría ir a vivir a la ciudad”.

El miedo al desplazamiento forzoso lo tensa. “Vienen extranjeros a sanear las tierras con nosotros adentro. Entonces, ya no vivimos tranquilos. ¿Cómo estaría usted si entran en su casa?”, larga un ejemplo, sobre una problemática común a toda la zona. El caso que más prensa recibió está en el departamento La Paz, ubicado al este de Capayán, donde en 2004 una empresa de capitales norteamericanos adquirió cerca de 120.000 hectáreas con familias campesinas adentro.

La decisión política de revertir este cuadro de incertidumbre está en manos de las autoridades catamarqueñas. En las 130.000 hectáreas por las que se extiende el trabajo de la Comisión, los campesinos lograron realizar diversos emprendimientos en articulación con funcionarios nacionales y provinciales. Sin embargo, el problema de fondo, la tenencia de la tierra, no tuvo resolución favorable a los comuneros.

Relata Francisco que hicieron denuncias, reclamos, pero al día de hoy “la provincia no da respuesta”. No ven una actitud del Estado que despierte expectativa. Y el silencio oficial “preocupa y desvela” al hombre. “Yo  le pregunto a los funcionarios nacionales y provinciales, ¿de qué le sirve que la gente del campo vaya a la ciudad? Lo único que vamos a sembrar son villas miserias”.

Además de evitar que prolifere el hacinamiento en las urbes, fortalecer el arraigo de los comuneros aporta brazos a la defensa ambiental. Remarca don Francisco que son ellos quienes protegen las especies nativas: “Nosotros preservamos el monte, el mistol, los algarrobos, los quebrachos blancos, porque nos hace falta. No dejamos que nadie lo vaya a destruir. Los empresarios vienen y arrasan”.

Artículo publicado en Marcha.org.ar –28 de agosto de 2012–.

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