Las fumigaciones “atentan contra la vida”

En sólo un mes, la lluvia tóxica se paseó una, dos, tres, cuatro, cinco veces sobre las cabezas de las familias campesinas del paraje Santa Martina en el Valle de Conlara, San Luis. Hastiados de los mareos, dolores de cabeza, y extrañas picazones de garganta los vecinos presentaron un amparo ambiental para frenar el envenenamiento colectivo, producto de las fumigaciones en campos linderos (sembrados con soja y/o maíz).

Las familias, nucleadas en la Asociación Campesinos del Valle de Conlara, denuncian que la agricultura industrial “atenta contra la vida” campesina y señalan que “el Estado no puede seguir mirando para otro lado”.

La cronología espanta: “El 18 de octubre a las 17 fumigaron en un campo de soja y maíz, con viento norte, en dirección a las viviendas rurales”. La organización estaba reunida cuando como tantas otras veces irrumpió la bruma química. Acto seguido la reacción en los cuerpos: “dolores de cabeza, irritación de ojos, picazón en las gargantas”. Relatan que la toz infantil ganó volumen hasta ceder terreno al llanto. Tristemente acostumbrada a estos episodios, la asociación no tardó en denunciar el hecho en la Comisaría de Concarán, y  en visitar un médico que “confirmó la intoxicación por agroquímicos”.

“Sabe que da vuelta el avión, y el algarrobo, el tala se empezaron a secar”, cuenta don Andrada, campesino del valle.

Entre otros productos, en la zona se utilizan glifosato, 24D y atrazina, producto prohibido en Europa por sus efectos adversos en la salud y el ambiente.

La secuencia se repitió cuatro veces en menos de treinta días: la nube nauseabunda se posó sobre las casas campesinas el 25 de octubre, a las 5:20, cuando clareaba. El 2, 5 y 14 de noviembre se sucedieron escenas similares.

El viernes pasado, los campesinos optaron por la vía judicial. El juzgado Civil y Comercial de Concarán, donde oficia la jueza Claudia Uccello de Melino, recibió una acción de amparo que llama a “priorizar la salud” de quienes viven en el campo por sobre los intereses empresarios. La presentación reivindica “el derecho al ambiente sano, a la salud y a la vida” (artículo 41 de la Constitución) y procura hacer respetar “el derecho a vivir en el campo”. Entre otras normas provinciales y nacionales apelaron a la Ley General de Ambiente (25.675), que en su artículo cuarto establece el principio de prevención: “Las causas y las fuentes de los problemas ambientales se atenderán en forma prioritaria e integrada, tratando de prevenir los efectos negativos que sobre el ambiente se pueden producir”.

Una expansión violenta

Noche en el paraje Santa Martina. Uno de los tantos encuentros de la Asociación Campesinos del Valle de Conlara. En la casa de Adolfo Andrada tropiezan niños, mientras mujeres y hombres van y vuelven con sus producciones listas para colmar la mesa. Arde la brasa y cruje el cuero del cabrito, en tanto el mate simula ser un aperitivo. Se largan los temas a tratar. Las fumigaciones sin control ganan un lugar destacado. Como puntos conexos: el desmonte, la extracción desmedida de agua para sostener la siembra industrial, el exterminio de la vida rural.

Si la juntada campesina tuviese lugar veinte años atrás las charlas sonarían un tanto extraña. Raro hablar de fumigaciones, aviones y máquinas rociando veneno al lado de las casas. La zona, históricamente criancera, donde predominaba el vacuno, las ovejas y chivos, y donde las producción de maíz servía para alimentar a los animales ha trasmutado. Lo agrícola que era subsidiario de lo pecuario pasó a dominar la región con la soja transgénica a la cabeza.

El modelo agroexportador tiene anclaje real en suelo de Conlara. El “yuyito” que sale de los puertos argentinos presionó sobre la tierra: una hectárea que en 2002 cotizaba 600 pesos, valía 2.500 dólares en 2003 y se duplicó para estos tiempos. Cualquier pequeño productor que alquilaba un pedacito de campo para llevar sus vacas a pastar perdió la pulseada con los que arriendan para sembrar soja. “La economía regional fue destruida”, lamentan quienes habitaron por generaciones esta tierra.

San Luis no se quiso quedar afuera del boom agrario del último decenio. La provincia “ha tenido una violenta expansión del área sembrada” en la última década, destaca el doctor en agronomía  Marcos Karlin en el libro El Chaco Árido (Universidad Nacional de Córdoba, 2013). El concepto tiene carnadura en datos como el avance del desmonte: 55.000 hectáreas arrancadas entre 2006 y 2011 (Ley de Bosques, cinco años con pocos avances –Greenpeace, FARN y Vida Silvestre–).

Otro factor impensado un par de años atrás es la extracción de agua sin control del acuífero de Conlara. Marcos Karlin destaca en su investigación que en el valle hay unas 42.000 hectáreas bajo riego. Y a nivel provincial, el 95 por ciento de la superficie sembrada total (86.000 hectáreas) se sostiene con esa modalidad.

La cara del modelo extractivo en el valle la ponen, entre otros, Monsanto, la semillera más grande del mundo y Cresud, la empresa de Eduardo Elsztain dueña de unas 500.000 hectáreas en el país y más de 200.000 en el exterior (infocampo.com.ar), que además juega fuerte en el negocio inmobiliario urbano. En Conlara, Cresud reconoce tener 7.072 hectáreas de cultivo bajo riego.

“Nos hacen mierda”

Las presas de cabrito ya engrasan las manos. Humean, desbordan sus jugos y crujen en unas treinta bocas. Los buches llenos no callan. El anfitrión toma un vaso y se dirige hacia afuera. La noche estrellada del valle abraza el cruce de palabras entre Adolfo Andrada (65) y Enrique Alanis (68), ambos nacidos y criados en el paraje Santa Martina. El cronista se arrima, tímido y busca oír. Andrada y Alanis abren su espacio, comparten sus reflexiones y buscan que el visitante conozca de qué se trata la vida en el paraje.

“Sabe usted que cuando éramos jóvenes, vio, no se conocía eso de la fumigación que hay ahora”, lanza Andrada y deja claro que quiere contar con detalle el sufrir que ese fenómeno agro-posmoderno genera. “Hace varios años que estamos con eso de la fumigación y nos hace daño, vio”, suelta con el alma puesta en cada palabra. Hace silencio. La mirada profunda. Y emprende otra vez: “Dicen que es malo eso de los líquidos que tiran, y se siente en el olor”. Andrada tiene mucho para decir: “Sabe que da vuelta el avión, y el algarrobo, el tala se empezaron a secar, ¿será por lo mismo que goteaba el avión?” Alanis piensa en su hijo, y los hijos de su hijo, y los hijos de sus amigos, y los hijos de los hijos de sus amigos. En síntesis: en cada futura vida del paraje.  “El problema es para los que vienen después, la gente joven vamos a decir, los niños, que pueden venir mal con los herbicidas esos.”

Don Andrada tiene claro que no abandonará Santa Martina. Sus pies quieren pisar esa tierra hasta el último día. Pero es consciente de que “si sigue esto de la fumigación, se pone difícil”. Con dolor, comparte su sentir en una última frase: “Nos están haciendo mierda a nosotros.”

Artículo publicado en marcha.org.ar –18 de noviembre de 2013–

 

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