Vivir del monte en el norte cordobés

“Da pena que se haya desmontado tanto. Pensar que antes el monte era el misterio. Ahora, que haya maíz y soja entristece.” La voz de dolor no es de un ambientalista abstracto. Américo Bustos lleva sus seis décadas de vida enraizada en el bosque del norte cordobés, dentro del paraje La Quebrada en Cerro Colorado, allí donde se cruzan los departamentos de Tulumba, Sobremonte y Río Primero. El año pasado, 3.821 hectáreas fueron desmontadas en la región chaqueña de la provincia, informa la ONG Guyra Paraguay. La región afectada comprende buena parte del norte cordobés, y afecta en parte a las jurisdicciones mencionadas. La cifra del desmonte versión 2013 es un número pequeño para el agronegocio, e imperceptible comparado al millón de hectáreas que Córdoba vio desaparecer entre las décadas del 70 y el 2000, como han relevado los investigadores Marcelo Zak y Marcelo Cabido. Sin embargo, para quien vive (y es parte) del monte, cada metro cuadrado es demasiado.

La vida de Américo y Nora se basa en la diversidad de alternativas que brindan el monte y la chacra.
La vida de Américo y Nora se basa en la diversidad de alternativas que brindan el monte y la chacra.


La zona del Cerro Colorado quedó resguardada por ser reserva natural. Pero el ecosistema no entiende de divisiones políticas ni acuerdos ambientales. Cuenta Américo que “a diez kilómetros hacia el este, alrededor de la ruta 9, prácticamente no queda fauna porque no queda monte”. “¡Fue todo topado!”, dice, sin esconder su indignación. No hace tanto tiempo atrás ese territorio era reservorio de alimento para quienes habitan la zona. “La gente lo aprovechaba para cazar animales y comerlos. Había corzuelas y chanchos del monte, por ejemplo.”
De un tiempo a esta parte todo cambió. El monte fue arrancado. Y otras especies vegetales irrumpieron a fuerza de las agro-empresas. El alimento ya no es para el campesino del lugar. La siembra se va en camiones con destino quién sabe qué puerto o feed-lot. Don Américo recuerda que eran “todas pequeñas parcelas que se fueron vendiendo” y llegó “gente con plata, para sembrar soja”. El balance es claro: “Sin lugar a dudas que a ellos les rentó bien, pero yo creo que a la mayoría de la gente de la zona le fue perjudicial”.


Vivir con lo nuestro


La vida de Américo y Nora Suárez (52), su compañera, se basa en la diversidad de alternativas que brindan el monte y la chacra. En las 300 hectáreas que utilizan hay lugar para las vacas, los cerdos, las cabras, los pavos y los pollos. Un lugar aparte tiene las ovejas, a las que esquilan en los últimos meses del año. La lana luego es tratada con los propios tintes que ofrece el monte. “Tiño con el piquillín, el mato, el algarrobo, chañar”, cuenta Nora, reconocida hilandera de la provincia, y quien mantiene con vida a las técnicas de sus ancestros. Sus ponchos, alforjas y mantas son reflejos del bosque acariciado pos sus artesanas manos. 
Son múltiples los usos de las especies nativas. Desde la leña para hacer fuego hasta alimentos como el arrope de tuna, el patay y variedad de dulces brotan de lo que el monte ofrece. Un caso ejemplar es el del algarrobo, útil tanto para forraje animal como para producción de alimentos campesinos. “En esta época da la vaina y es muy bueno para las vacas y las cabras.” Sobre todo se lo guarda para el invierno cuando escasean los pastos, explica Américo desde su experiencia. 
Desde la academia destacan que un árbol adulto puede producir un promedio anual de 10 a 15 kilos de vainas por árbol. “Los frutos tiene elevada cantidad de hidratos de carbono, mediano tenor de proteínas, hierro, calcio, bajo tenor graso y buena digestibilidad”, enumera el libro El Chaco Árido, editado en 2013 por la Universidad Nacional de Córdoba.
Como dice don Américo, “da pena” la constante desaparición del monte.

Artículo publicado en El Argentino (Córdoba) –14 de abril 2014–

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