Monte Maíz, entre la pujanza agraria y la salud en banca rota

Las dos letras M gigantes que dan la bienvenida son sugestivas. Entre máquinas pulverizadoras que circulan por el medio de la ciudad, acopios de granos que ventilan un irrespirable polvo desde  el corazón urbano, y depósitos de agroquímicos que florecen en cada cuadra transitada podría pensarse que se está en el Mundo Monsanto. Sin duda que la principal compañía de agronegocios está presente de una forma u otra en la cotidianeidad de este poblado. Pero las M en verdad refieren al nombre de esta pequeña urbe: Monte Maíz, sudeste cordobés, departamento Unión, tres horas en auto desde la ciudad de Córdoba. A este punto arriban unos sesenta estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba, coordinados por un grupo de docentes. Las futuras médicas, geógrafas, nutricionistas, enfermeras y sus pares masculinos llegan para montar un campamento sanitario. Los jóvenes deben relevar casa por casa para conocer el estado de salud de este pueblo. Una experiencia sin precedentes para esta casa de estudios. Los vecinos y vecinas aguardan con una expectativa que los desborda. Desde hace años perciben que la muerte gana más terreno del que debiera y surge la inevitable pregunta: ¿Por qué?

Mapeo de la salud colectiva. (Foto: Marcos Oviedo)

La propia comunidad había planteado la necesidad de investigar a fondo las causas de la expansión de los casos de cáncer, malformaciones, abortos espontáneos y otras enfermedades poco frecuentes que se han vuelto tema de conversación diario en las calles. Años de lucha, con fallidos intentos de relevamientos sanitarios en el medio, desembocaron en la apertura política a tratar el tema. El intendente Luis Trote fue quien convocó a la Red Universitaria de Ambiente y Salud, encabezada por Medardo Ávila Vázquez. La estrategia: conocer el perfil sanitario de los más de ocho mil habitantes y a partir de esa información poder establecer conexiones con el origen de este cuadro de la salud colectiva. Las primeras problemáticas ambientales que aparecen a la vista son: un enorme basural que suele ser incendiado, permanentes pulverizaciones en campos linderos a la planta urbana, silos montados en medio de la ciudad que liberan al aire restos de cereal en forma continua, y la presencia de galpones donde se realiza carga, descarga y limpieza de máquinas fumigadoras ubicados entre las residencias de Monte Maíz.

Los cinco días de campamento sanitario, entre el 15 y el 19 de octubre, ponen a prueba la sensibilidad de los jóvenes estudiantes. Las conclusiones preliminares se obtienen de los crudos relatos de mujeres y hombres habitados por el dolor. Antes de volver a la ciudad capital, el grupo de profesionales de la salud realiza una primera devolución a la comunidad. El punteo de datos recabados de una primera muestra de 594 personas indica que los casos de cáncer detectados en el último año alcanzan al 1,07 por ciento de la población. El promedio que marca la Organización Mundial de la Salud como normal es de 0,2 por ciento. Los pacientes oncológicos representan al 2, 32 por ciento de la ciudad, mientras que la prevalencia de la OMS es de 0,46 por ciento. Algo (o mucho) no anda bien.

Vos, yo, ella, todos y todas

Red de Prevención de la Salud de Monte Maíz es el nombre del colectivo vecinal que desde 2007 se moviliza frente a esta realidad crítica. Verónica Llopiz (43), morocha de mirada seria, encarna una de las voces que motorizó el campamento sanitario. Está “preocupada e inquieta”, por ella, por sus hijos, por sus amigas, por su entorno, por todos y todas. “Esto es un pueblo, si fallece una persona o hay alguien enfermo, lo vemos, lo encontramos en el supermercado, porque es tu vecino o tu compañero de trabajo.” Y entonces cualquiera se encuentra con que “hay muchos casos de cáncer, lupus, enfermedades raras”. Y piensa: “¿Qué se puede hacer?”.

Parada frente a la Casa de la Cultura, base operativa del campamento, esta psicóloga enumera las distintas problemáticas ambientales que la rodean: “Los mosquitos, máquinas fumigadoras, las vemos permanentemente andando por el pueblo. A una cuadra de mi casa hay un depósito donde guardan las máquinas para fumigar y a cuarenta metros tengo silos que despiden restos de cereal que están flotando en el ambiente”. “¡Respiramos eso!”, suelta indignada. “Hay muchas personas con problemas respiratorios y puede tener que ver con eso.” Las palabras de Verónica tienen su correlato en los datos preliminares obtenidos por el campamento. Las enfermedades respiratorias, tipo asma, están presentes en el 20,53 por ciento de los habitantes. La tasa provincial es de 15 por ciento. Como para descartar una rápida negación del problema ambiental se registró la tasa de fumadores. Sobre el total de afectados en Monte Maíz, el 82 por ciento no es fumador.

Puesta en común entre vecinos y estudiantes. (Foto: Marcos Oviedo)

Una mujer de pelo corto y ojos claros se arrima de forma tímida al campamento. Quiere hablar y a la vez no. Duda. Las relaciones sociales juegan su partido aquí. El agronegocio atraviesa a toda esta comunidad. María Fernanda Dangelo (35) dice que se acercó porque tiene “cáncer de mama hace dos años”. “Me interesó por mi caso y por las distintas afecciones que veo en el pueblo, y me interesa saber las causas.” A lo que sus sentidos perciben en su entorno, como los otros casos de cáncer en su familia y los problemas de sus amigas para quedar embarazadas, se suma lo que le cuenta su médica: “Mi ginecóloga ve que en la zona hay muchos casos de malformaciones, cáncer, tiroides”. Respecto a los abortos espontáneos de mujeres en edad reproductiva, se encontró una tasa de 14,4 por ciento en los últimos cinco años, casi cinco veces la tasa normal de nuestro país.

Con cierto nerviosismo, la mujer dice una y otra vez no saber qué puede ser lo que causa esta problemática sanitaria ni tener intenciones de culpar a tal o cuál actividad. Menciona la existencia del basural, que suele ser incendiado, y también reconoce que están “rodeados de campo”. “La casa más céntrica está cerca del campo”, dice. Como señala la mujer, Monte maíz presenta un ejido urbano de quince manzanas de oeste a este y nueve de sur a norte. En consecuencia, prácticamente nadie está ajeno al impacto de las pulverizaciones.

“Monte Soja”

El relevamiento sanitario golpea todas las puertas, y logra un 95 por ciento de efectividad. A la par, un grupo de médicas evalúa alergias y problemas respiratorios, en tanto que químicos de la Universidad Nacional de La Plata muestrean suelo, agua, y cascarilla de granos liberados por los silos que irrumpen en medio de la ciudad, junto a la vieja estación ferroviaria. La intención es rastrear la presencia y nivel de agroquímicos en el respirar cotidiano del pueblo.

Para dimensionar el peso del agronegocio en esta ciudad vale una muestra: uno de los acopios céntricos pertenece nada menos que a la Aceitera General Deheza. La compañía del empresario y ex senador Roberto Urquía es una de las cinco aceiteras, junto a firmas como Cargill y Bunge, que controlan más del 80 por ciento de la facturación del sector, según un informe del diputado y economista de la CTA Claudio Lozano. Ese tipo de intereses, entre otros, son los que enfrenta la Red de Prevención de la Salud a la hora de pedir una bocanada de aire puro.

A los estudios médicos se suma el análisis de sangre a un grupo de vecinos, por un lado, y a estudiantes que habitan en la ciudad de Córdoba que ofician como grupo control, por otro. El objetivo es evaluar rastros de plaguicidas que se utilizan actualmente y su concentración en el cuerpo de estas personas. En la puerta del laboratorio, en primera fila, se encuentra Luis trote (65), intendente por cuarto período consecutivo de Monte Maíz. Formado como médico, el hombre aceptó la demanda ciudadana de revisar qué impacto tienen los agroquímicos de uso masivo como el 24D, la atrazina o el glifosato en la salud del pueblo. Una rareza en estos municipios sede del agronegocio. El mandatario entiende que el estudio sanitario “es un punto de partida para poder tomar medidas”. Ante el avance de enfermedades graves “fundamentalmente del cáncer” afirma que “puede haber una relación bastante directa” con el uso de agrotóxicos, “aunque muchos productores o vendedores dicen que no es así”.

Desde hace unas décadas el paisaje rural de la región ha mutado de forma sensible. Trote fue testigo del cambio de protagonistas: “Pasamos del tractor con arado a la siembra directa, y a un uso cada vez mayor de agroquímicos”. “Hoy tenemos dos cosechas al año, soja de primera y soja de segunda. Alternativamente puede haber un maíz, un trigo o un girasol mínimamente. Pero la número uno es la soja”, analiza. Y remata: “¡Ya no es más  Monte Maíz, esto es Monte Soja!”. Efectivamente, este poblado no quedó ajeno a la expansión de las nuevas tecnologías agrícolas y al avance de la oleaginosa que ocupa más de la mitad de la superficie cultivada del país. En el departamento Unión, donde se ubica Monte Maíz, este grano apenas contaba con 3.300 hectáreas sembradas en 1973, para alcanzar 200.000 hectáreas veinte años después. En la última década, la soja se ha sembrado de forma estable en alrededor de medio millón de hectáreas. Otra suerte corrió el maíz. Sembrado sobre 90.000 hectáreas en 1973, sufrió importantes picos de caída como en 1993, cuando ocupó sólo 32.000 hectáreas del departamento. Hoy apenas supera la siembra de hace cuarenta años atrás con 107.500 hectáreas sembradas, según datos de Nación.

Veneno con aviso

La buena iniciativa de abrir las puertas al campamento sanitario, contrasta con las medidas adoptadas hasta el momento para resguardar la salud de la comunidad. Jorge Lapiana, director de Medio Ambiente municipal, refleja esta cara. El hombre se presenta, “químico industrial y licenciado en Medio Ambiente”. Lapiana, un tipo flaco de rasgos marcados y hablar nervioso, enumera las políticas de su cartera con un llamativo orgullo. “Tenemos una medida que ha sido copiada por otros pueblos: que es poner una chapa amarilla al momento de hacer la aplicación, que es colgada sobre los alambrados, y entonces la gente que colinda con los campos cuando ven la chapa saben que va a haber una fumigación.”  El Municipio avisa: los agroquímicos están por llegar a la puerta de casa.

-¿Y las personas enfermas qué deben hacer?

-Las personas alérgicas las tenemos muy bien establecidas, les informamos que va a haber una fumigación, y generalmente salen de la casa.

-¿Se tienen que ir?

-Exacto.

-¿No se piensa otra opción?

-Eso no depende de mí, se trata de ver que los productores siembren cultivos que demanden menos fumigación que otros.

-¿No hay reclamos?

-Tenemos a veces problemas con la gente que colinda con los campos. Hubo veces que tuvimos que ir resguardados con la policía porque no permitían la fumigación.

-Le gente que ve afectada su salud, que no quieren que los fumiguen…

-Claro, que no quiere que los fumiguen, pero nosotros les explicamos que las condiciones climáticas son las adecuadas, que está todo en regla.

¿Vivir con barbijo?

Desde el año 2004 el Municipio adhiere a la ley provincial de agroquímicos (9.164). Su artículo 34 establece que los aplicadores terrestres deben realizar las operaciones de carga, descarga, abastecimiento y lavado en las afueras de los centros poblados. En la calle 25 de mayo 1636, de la zona norte, Leonardo Manochio (34), Mariela Galucci (39) y sus dos hijas, Valentina (10) y Celeste (7) viven cada día la violación de esta ley.

El confortable chalet presenta un amplio jardín en el fondo. El banco tipo plaza invita a sentarse y disfrutar el mate de la tarde. El goce sería pleno de no ser por el depósito de agroquímicos que aparece pared mediante. “Se sienten olores de forma continua y lamentablemente estamos acostumbrados”, dice Leonardo, algo resignado. Con una risa que tiene más ganas de ser llanto que otra cosa, larga: “Vos estás cortando el pasto y te están lavando la máquina al lado. Y además acá a cien metros ya hay campo, y el olor cuando fumigan se siente”.

Verónica Llopiz, miembro de la Red de Prevención de la Salud de Monte Maíz (Foto: Marcos Oviedo)

Los posibles impactos, dice, se ven en las plantas dañadas. En particular en el árbol que ya plantaron tres veces frente a la casa. Y no hay caso. Se seca, una y otra vez. “Una agrónoma del Municipio nos reconoció que era por esto que tiran a la calle cuando lavan las máquinas”, agrega Mariela. ¿Y en la salud, se ve el impacto?, consulta este cronista. El hombre dice que “uno sin demasiado argumento no puede decir con seguridad a qué se debe la enfermedad”, pero apunta que “hay vecinos con problemas de alergia, que podría ser producto de esto”. En su propia familia una de sus hijas presenta problemas respiratorios. “¿Tenés que vivir con un barbijo y un traje todo el día?”, pregunta hastiado, mientras una máquina ingresa en la propiedad vecina. “Esto es normal en estos pueblos, cuando no debiera serlo. O se combate para revertirlo o se busca otro lugar para vivir, que es lo que uno no quiere.” “Pero… es lo que hay”, suspira.

Repensar la salud

La experiencia del campamento marca a fuego a los estudiantes. La puesta en común final y las últimas charlas con los vecinos reflejan una educación humanizada, con varios jóvenes que llenan sus rostros de lágrimas. Para el caso de los de Medicina es la antítesis de una profesión fría, enajenada, que no sale del consultorio. Había antecedentes de este tipo por parte de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Rosario, con más de veinte campamentos de este tipo. En Córdoba es la primera vez que la universidad toma este rol. Al fundamental trabajo de la rama médica agrega el aporte de geógrafos, que mapean las enfermedades y los conflictos ambientales. Un dato visual clave para tomar conciencia de la realidad de Monte Maíz. Y el de químicos que rastrean fitosanitarios en el ambiente y en los cuerpos de esta comunidad.

Muestra de cascarilla de granos dispersos por la ciudad (Foto: Marcos Oviedo)

Agostina Cosimi (23), estudiante de quinto año de medicina, celebra “estar en el terreno y dejar de lado la acción individual como médico”. La joven deja una reflexión que flota en el campamento: “Salud no es el cuerpo, acá no están en juego las modificaciones en el cuerpo de alguien, está el tema económico, el suelo, los desmontes, la vivienda. Como médicos ponemos en evidencia las alteraciones físicas, que sólo son una arista de algo mucho más grande. En este caso, vinculado a los agronegocios”. Satisfecho con la tarea, el coordinador del campamento, Medardo Ávila Vázquez, esboza algunas conclusiones. “Son los números más altos que hemos encontrado en Córdoba”, dice sobre las tasas de cáncer. El médico plantea que a diferencia de otros “pueblos fumigados”, aquí “los agroquímicos y productos contaminados están en el corazón del municipio”. Por ejemplo, se halló “una altísima concentración de depósito de agroquímicos”, indica sobre este factor de riesgo ambiental.

Desde la Red Universitaria de Ambiente y Salud acordaron con los vecinos y autoridades entregar los estudios finales, es decir el resultado de todas las encuestas y el análisis de las muestras de sangre, tierra, cascarilla de grano y agua, antes de que finalice el año. Mientras comienza a procesar en su cabeza semejante batería de datos obtenidos en los últimos cinco días, Ávila Vázquez plantea lo que parece ser el puntapié de un proceso irrefrenable: “Que un pueblo de la zona más agraria de Córdoba nos pida que hagamos este estudio muestra que lo que ocurre con este modelo ya es algo imposible de ocultar”.

Artículo publicado en http://www.accesoglobal.info –11 de noviembre 2014–

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