Del sueño a la pesadilla

Argentina ha sido famosa a nivel internacional por sus exquisitas carnes, producto derivado de la cría de vacunos en los pastizales pampeanos. Esa imagen tan difundida ha variado sustancialmente en las últimas décadas. La reconversión a un país centrado en la exportación de granos, soja principalmente, ha hecho de la ganadería argentina un bien orientado básicamente al mercado interno. Esta actividad ha adoptado en los últimos años variantes de producción más intensiva como el encierre a corral total o feedlot, con altísimos costos ambientales. El corrimiento de la frontera agrícola y este nuevo mapa ganadero intensifican las problemáticas como el desmonte y el aumento de la emisión de gases de efecto invernadero, una combo que incide de forma directa sobre el cambio climático.

Los números de la ganadería

Argentina fue el segundo exportador mundial de carne vacuna inicios del siglo XX. Ese protagonismo cambió rotundamente.De tener en 1920 una participación del 60 por ciento en el mercado cárnico global pasó al 7 por ciento actual[1].El stock ganadero rondaba los sesenta millones de cabezas en los años setenta, y pasó a cerca de cincuenta millones a inicios de los noventa para estabilizarse alrededorde esa cifra. Por estos días, la producción ganadera depende casi en un 90 por ciento del mercado interno. De todas formas, algunas iniciativas políticas apuntan a que Argentina recupere el rol internacional como exportador de carne. El gobierno nacional aspira a un aumento del stock de cabezas de ganado bovino de 49 a 54 millones para 2020[2].

El modelo ganadero argentino ha tendido a la producción intensiva, presionado por ejemplo por el boom sojero. Imagen: INTA.
El modelo ganadero argentino ha tendido a la producción intensiva, presionado por ejemplo por el boom sojero. Imagen: INTA.

El consumo de carne vacuna fue en 2014 de casi 60 kilos por cada argentino –más de 40 millones de habitantes–, según datos de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados.  Esta carne consumida ya no tiene las características de décadas pasadas. En 2009, desde el Instituto de Promoción de la Carne Vacuna reconocían que el 75 por ciento de la carne que llega a nuestros platos ha pasado en algún momento de su producción por el engorde a corral[3].

Una industria contaminante

La ganadería en general ha sido clasificada como un importante factor contaminante. Según Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) este rubro representa el 14,5 por ciento de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) inducidas por el ser humano, lo que “incide de manera importante en el cambio climático”[4]. “La producción de carne y leche de vacuno es responsable de la mayoría de las emisiones, pues contribuye con el 41 y 29 por ciento respectivamente de las emisiones del sector”, precisa la FAO. El organismo apunta que la producción de carne bovina especializada de América del Sur “emite alrededor de mil millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2)”, es decir el 15 por ciento de emisiones producidas por todo el sector ganadero en el mundo. Las principales fuentes de emisión son el proceso digestivo del rumiante que elimina el metano (30 por ciento); producción de piensos (23 por ciento); y cambio de uso de la tierra (40 por ciento).

Un informe del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) brinda más especificaciones respecto al caso argentino[5]. Desde el punto de vista de las emisiones de GEI por sector, la agricultura y la ganadería suman el 44,3 por ciento del total. “Esta participación relevante del sector agropecuario en el total de las emisiones de GEI refleja el perfil productivo del país”, donde la ganadería aporta cerca del 30 por ciento de las emisiones totales producidas por actividades humanas. Más puntualmente, “los bovinos, productores de carne y de leche, son responsables de, aproximadamente, el 95 por ciento de las emisiones del sector”. El 5 por ciento restante corresponde a todas las demás especies de producción como son aves de corral, ovinos, caprinos, porcinos y camélidos.

Un vecino peligroso

Los engordes a corral o feedlots concentran una alta carga animal en poca superficie, liberando tierras para la agricultura. Las distintas propuestas empresarias hablan desde 100 hasta 500 cabezas de ganado por hectárea. Es lo opuesto a la ganadería pastoril que, según la región, el clima anual y el tipo de pastizal, sostiene un animal cada una o hasta más de diez hectáreas durante todo el año.

Saladillo, un pueblo del centro de la provincia de Buenos Aires fue denominado por los empresarios como ‘la capital del feedlot’. Allí se radicaron en los últimos años más de una decena de este tipo de establecimientos. Rápidamente, sus impactos ambientales quedaron a la vista. En esta ciudad vive Gabriel Arisnabarreta, ingeniero agrónomo y productor agrícola ganadero de tipo familiar. El hombre es un férreo crítico de los feedlots a los que ha denunciado desde la organización ambiental que creó, llamada ‘Ecos de Saladillo’.  “Si nos referimos a contaminación, la enorme cantidad de bosta y orín que se acumula en los feedlots no puede ser transformada por los organismos vivos del suelo y eso escurre hacia los cursos de agua o contamina las napas”, describe. Y da más argumentos: “La enorme cantidad de bosta en descomposición en tan poco espacio, elimina gases como el metano o el óxido nitroso  que contaminan el aire pero que además producen olores nauseabundos que hacen imposible la vida en las cercanías”.

Gabriel promueve otro modelo frente a los grandes feed-lots que lo rodean en Saladillo.
Gabriel promueve otro modelo frente a los grandes feed-lots que lo rodean en Saladillo.

Este proceso productivo, explica Gabriel, “ha convertido lo que era una bendición para los suelos, como es la bosta del animal, en un grave problema”. “Un feedlot de 10.000 animales con un peso promedio de 200 kilos cada uno, elimina por día al menos100.000 kilos de bosta y orín.” Es decir, “3.000.000 de kilos por mes, un volumen imposible de ser transformado en nutrientes por los microorganismos del suelo”.

Un análisis similar comparte Claudio Sarmiento, agrónomo, docente e investigador de la Universidad Nacional de Río Cuarto, al sur de la provincia de Córdoba, plena Pampa argentina. “En la ganadería pastoril el estiércol no es un problema, sino todo lo contrario, es un abono. Cada vaca bostea alrededor de 4.000 kilos por año, más un equivalente de orina, que el animal distribuye uniformemente, mejorando la fertilidad del campo.”  El feedlot, según las explicaciones de este especialista es su contracara: “El estiércol y la orina setransforman en un problema”. Por ejemplo, “el nitrógeno de la orina del ganado suele convertirse en nitratos, solubles en agua, y tienen la capacidad de infiltrase hasta las napas”, situación de riesgo que en la ganadería altamente intensiva se ve potenciada.

Modelo global

El avance de la ganadería intensiva en Argentina se da en el marco de una fuerte expansión de la agricultura, orientada principalmente a la producción de granos para el mercado internacional. En la década del noventa el uso agrícola se incrementó en un 12 por ciento, mientras que el uso ganadero disminuyó un 13 por ciento[6]. Es decir, alrededor de 11 millones de hectáreas cambiaron su perfil productivo. En este marco se modificaron las áreas tradicionalmente ganaderas. En 1994 la región de la llanura pampeana, que atraviesa el centro del país, contenía más de 60 por ciento del stock ganadero y actualmente se estima que sólo el 55 por ciento está en esta región. Esta pérdida representa más de tres millones de cabezas de ganado que han pasado a ocupar principalmente campos extrapampeanos, principalmente del norte argentino. Esta expansión incluyó campos que incorporaron sistemas silvopastoriles, que combinan el uso pastoril con especies leñosas.

Según un informe de Greenpeace Argentina, en base a datos gubernamentales el norte del país tiene el 37 por ciento del stock ganadero y las proyección es a que esta producción aumente en la región con un alto costo para los bosques nativos que aún quedan el pie[7]. Actualmente hay unas 20 millones de hectáreas de monte nativo, en el 60 por ciento de las cuales se pueden hacer planes ganaderos, según los límites que marca la Ley de Bosques de Argentina (26.331). Esta norma fija tres tipos de áreas: en las que directamente no se puede intervenir la vegetación natural (zona roja); en las que se puede realizar aprovechamiento sostenible, como la ganadería silvopastoril (zona amarilla); y en las que sí se permite desmontar (zona verde).

El impulso del cultivo de granos como la soja por un lado y el corrimiento de la frontera ganadera han hecho que Argentina pierda en la última década más de tres millones de hectáreas de bosques nativos. En ese sentido ambas causas son parte del mismo sistema. Por un lado, la ganadería que sirve para abastecer el consumo local destruye ambientes antes impensados para esas producciones. A la vez que el stock ganadero ha sido desplazado de las regiones históricas justamente para producir granos y sus derivados, como los piensos, que sostienen el alimento del ganado de Europa y Asia. En Argentina se cultivan más de veinte millones de hectáreas de soja al año, para una producción que en más de un 95 por ciento se exporta[8][9].

Como explica un informe de la Alianza del Pastizal, colectivo integrado por ONG’S, privados y académicos, para comprender el impacto sobre el cambio climático de estas prácticas deben contabilizarse los distintos momentos de la cadena productiva. En el caso de los feedlots “al aporte metabólico de gases a la atmósfera es necesario agregar el que corresponde al proceso agrícola e industrial para obtener el alimento empleado en los corrales”[10]. Y sobre este punto, especifica que “la emisión de dichos procesos agrícolas ha sido observada como 12 veces superior a la que genera el pastoreo con vacunos”.

También, como ilustran las cifras del desmonte en Argentina, la agricultura realizada para obtener los granos que serán procesados como alimento en los corrales “puede ser responsable de una modificación de la cobertura vegetal natural”. Este hecho es un factor clave en el calentamiento global ya que “existe una emisión instantánea de gases del efecto invernadero con la liberación del carbono que se hallaba retenido  en suelo, raíces y fracción aérea de la biomasa de estos ecosistemas naturales”.

Sistemas alternativos

Los sistemas silvopastoriles han tenido amplia difusión en los últimos años. Según datos oficiales, esta práctica ocupa 34.000.000de hectáreas[11]. Incluyen campos comunitarios, indígenas y también de empresarios ganaderos de diversa envergadura. Dentro de este modelo productivo hay una gran diversidad: desde propuestas que apuntan a aprovechar el pastizal natural y sostener prácticas campesinas ancestrales hasta métodos que introducen pasturas exóticas que se adaptan al clima de cada región.

Un caso ejemplar es el de las cincuenta familias que habitan el campo comunitario La Libertad en Ischilín,  norte de la provincia de Córdoba. Este lugar está en la denominada región del Chaco Árido, climáticamente mucho más seca que la zona pampeana. Horacio Britos, agrónomo y miembro del Movimiento Campesino de Córdoba (MCC), trabaja junto a estos productores que “practican ganadería a monte con pastizal natural. Por ejemplo, se valora el mistol una especie arbórea típica de esta área geográfica que “da un fruto muy nutritivo y a la vez deja un colchón de hoja que también aprovecha el animal”. Cuando el alimento escasea, “el propio animal hace su trashumancia, se va varios kilómetros y vuelve algunos días después”.

En el esquema de producciones campesinas e indígenas el bosque nativo es clave, de ahí la defensa que realizan frente al avance del desmonte. “Los árboles nativos tienen cierta independencia de la lluvia, sus raíces conectan con las napas, y un año seco no necesariamente se expresa en el follaje”, dice Britos. El miembro del MCC indica que “lo productivo asociado a un bosque bien conservado tiene capacidad de resistir esa variabilidad del cambio de clima”. Por el contrario, en la zona desmontada, “el suelo con poca cobertura se calienta más y se erosiona, lo que aumenta la eliminación de carbono”. “Es un círculo vicioso”, dice por oposición al “círculo virtuoso del modelo campesino”.

Otro tipo de experiencia se da en el sur de Córdoba, plena zona pampeana. Claudio Sarmiento sigue de cerca varios campos con perfil agroecológico, es decir que no utilizan agroquímicos y potencian la biodiversidad. Por ejemplo,  en el campo ‘El Buen vivir’, en el pueblo de Alpa Corral, practican un sistema agrosilvopastoril. Allí integran el monte nativo con cría vacuna y agricultura con lotes de maíz, sorgo forrajero, y avena, entre otras especies. Este predio, que no utiliza insumos químicos, tiene un “promedio de productividad un 30 por ciento más elevado que el de la  zona”. Sarmiento destaca también el campo ‘El Mate’, en el poblado Adelia María. Contrario a la concentración y estandarización que proponen los feedlots, allí se crían 400 vacas y mil ovejas en 350 hectáreas. Para el alimento los productores apuestan a pasturas mixtas con alfalfa, trébol blanco, raygrass ypasto ovillo, entre otras, sin usar plaguicidas ni fertilizantes.

Una práctica similar realiza Gabriel Arisnabarreta en sus 14 hectáreas en Saladillo: “Producimos quesos artesanales con vacas lecheras que se alimentan exclusivamente a pasto producido sin agrotóxicos”. Además, en su campo rota las pasturas con cultivos como maíz y avena. “Procuramos trabajar en un sistema donde la compra de insumos externos es mínima y apostamos a los procesos naturales”, explica desde su finca.

Mirar al futuro

Según modelos de proyección, Argentina tendrá un aumento de las precipitaciones de entre 2 y 8 por ciento en el centro y en el este, y una disminución de 2 a 12 por ciento en el noroeste para el periodo 2020-2029. En ese marco, la temperatura mostraría un aumento de entre 0,7 y 1,2 °C por encima de los valores de promedios históricos, siendo máximos en el noroeste argentino[12].

La ganadería sin dudas es un factor a tener en cuenta si se desea mitigar o revertir estos escenarios. Para el ingeniero Horacio Britos “hoy no hay plan agrícola-ganadero para atravesar crisis climáticas”. Sobre este punto, apunta a pensar “la ganadería asociada a la agricultura en un marco de un proyecto que contemple ordenar territorios, conservar bosques y cuencas”, lo que “implica un cambio económico” para el país. Sarmiento agrega que debería haber promoción de la cría de animales en sistemas pastoriles, mediante “una certificación para que el consumidor sepa de qué tipo de crianza proviene la carne que consume”. Así, sostiene, “podría incrementarse la demanda de esta producción”.

En paralelo, dice Sarmiento, “el Estado podría promover este tipo de ganadería mediante algún mecanismo impositivo”.En esa línea, Gabriel Arisnabarreta propone “una ley de uso de suelo que estimule a aquellos que rotan ganadería a pasto con agricultura evitando el monocultivo”. Y va mucho más allá: “En Argentina los feedlots de tipo industrial deberían estar prohibidos, dada la posibilidad del país de producir carne de alta calidad a pasto tanto para el mercado interno como para la exportación”.

[1]Engordes a corral en Argentina (…), por Movimiento Nacional Campesino Indígena –Vía Campesina, Food and WaterWatch, y otros (2010).

[2] Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial 2010-2020

[3]Ídem 1

[4] Enfrentando el cambio climático a través de la ganadería, FAO (2013)

[5] Cambio climático y agricultura en Argentina, IICA (2015)

[6]Ídem 1

[7] Ganadería intensiva: nueva amenaza paralos bosques chaqueños, Greenpeace (2014)

[8] Complejo oleaginoso, Ministerio de Economía (2010)

[9]Ídem 2

[10]Las vacas a campo natural no son responsables del efecto invernadero (2007)

[11]Evaluación productiva, ambiental y socio-económica de sistemas silvopastoriles, INTA (2009)

[12]Ídem 5

Artículo publicado en la revista Development and Cooperation (Alemania), octubre de 2015.

Anuncios