El árbol y el bosque

Mucho se habla en el último tiempo acerca del cambio climático. En momentos de inundación, en épocas de sequía, este fenómeno aparece como respuesta genérica. Aunque sus causas son variadas y complejas, y es abundante la bibliografía y discusiones al respecto, en Córdoba un grupo de investigadores puso cifras a una de las problemáticas que originan este proceso. El desmonte del bosque chaqueño cordobés significa la pérdida de 51.5 toneladas de carbono por hectárea, el equivalente al dióxido de carbono que liberan cuarenta argentinos por año. Estos datos adquieren notable relevancia en una provincia que de un año a esta parte discute con vigorosa intensidad en torno a la protección del 3 por ciento de bosque nativo que queda, de 12.000 de hectáreas que supo tener. Desde el Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal (Imbiv), perteneciente a la Universidad Nacional de Córdoba y Conicet, un equipo multidisciplinario analiza el cambio en el uso del suelo en el noroeste provincial. Es decir qué ocurre con esa masa de biodiverisdad que almacenan los suelos cuando una topadora deja lugar a una futura siembra. Georgina Conti, doctora en biología y miembro del equipo de trabajo, explica que la investigación se basó en “medir la capacidad de los boques de almacenar carbono en su biomasa y en el suelo”. La especialista explica que estos ecosistemas ubicados en la región chaqueña de Córdoba “no cuentan con tanta biomasa como un bosque australiano o uno tropical”, es decir que “buena parte del carbono está almacenado en el suelo” y el cambio de uso, es decir “el paso a la agricultura, hace que eso se pierda en gran cantidad”. En esa línea, la investigación define que “las emisiones netas de dióxido de carbono (CO2) de la conversión del uso del suelo representan un importante motor del cambio climático global”. Conti aclara que “es difícil separar el clima local del global, los procesos se afectan unos a otros”, pero “al cuantificar esta liberación de carbono, al menos sabemos que ese impacto existe y en qué cantidad”.

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Pérdida de carbono

El trabajo se tituló ‘Los grandes cambios en el almacenamiento de carbono bajo diferentes regímenes de uso del suelo en bosques estacionalmente secos subtropicales del sur de Sudamérica’. Y fue publicado en la edición 197 de la revista científica Agricultura, Ecosistemas y Ambiente. En ese documento se detalla que una hectárea de bosque chaqueño seco en un estado de conservación ideal almacena sólo en la vegetación “43.26 toneladas de carbono”, el equivalente a “lo que contaminan 34 argentinos promedio” si se mide la liberación de dióxido de carbono a la atmósfera durante un año. Si a la vegetación se anexa el suelo orgánico, ubicado a treinta centímetros de profundidad de ese bosque, la contaminación sube al doble. Al reemplazar una hectárea de monte nativo por una siembra agrícola la pérdida de carbono en la vegetación es total. Mientras que en el suelo se alcanza a reducir un sesenta por ciento. Es otros términos, “se pierden 51.5 toneladas de carbono por hectárea y se libera el equivalente al dióxido de carbono que emiten 40 argentinos promedio en un año”.

Para alcanzar esos resultados, desde el equipo técnico evaluaron cinco tipos de uso de suelo, que implican diversos grados de degradación del monte: bosque conservado; bosque secundario, (bosque abierto con baja carga ganadera actual); arbustal espinoso y bajo que ha sufrido un uso histórico intenso de extracción maderera y pastoreo; arbustal abierto, que presenta signos visibles de degradación a nivel del suelo y baja cobertura vegetal, con un uso histórico de extracción forestal y sobrepastoreo; y una hectárea de cultivo de papa, típico del área de estudio. Con este panorama relevado y a partir de las cuantificaciones expuestas, el informe científico alerta que “la conversión de la cobertura boscosa en sistemas degradados o su total reemplazo por sistemas agrícolas tiene profundas consecuencias en la capacidad de estos bosques de proveer del servicio ecosistémico de secuestro de carbono”.

El análisis de este colectivo científico de la UNC aporta información clave a un contexto de discusiones en Córdoba en torno a la protección de los bosques nativo y del cambio climático. En 2015, la Legislatura provincial debió renovar su adhesión a la ley nacional de protección de bosques nativos. Hasta la fecha no lo hizo. La sanción del ordenamiento territorial de bosques de Córdoba, requisito para acceder a los recursos que dispuso la Ley de Bosques Nacional (2007), fue realizada en 2010 (9.814). Recién en 2013 un decreto del entonces gobernador José Manuel De la Sota ajustó la normativa, que presentaba varias deficiencias, a las exigencias federales para que Córdoba sea incluida en el plan nacional de protección de los bosques. En el medio, el desmonte no cesó. Desde diciembre del año pasado un imponente colectivo social intenta promover un proceso participativo para reordenar los bosques nativos en la provincia frente a los intentos del oficialismo y parte de la oposición (PJ-UCR), y de diversos sectores empresarios (Sociedad Rural-Cartez), por avanzar en el tres por ciento de monte original que queda protegido en Córdoba. Esta disputa incluyó movilizaciones con más de 30 mil personas en las calles defendiendo el ambiente, que hasta ahora lograron detener el avance en una legislación más laxa.

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Soja e inundaciones

No obstante, la problemática de la deforestación a gran escala no es nueva en la provincia. Otro estudio del Imbiv a cargo de los investigadores Marcelo Cabido y Marcelo Zak había relevado que la provincia perdió un millón de hectáreas bosque entre 1970 y 2000 “por conversión a cultivos anuales, principalmente soja”. Entre 2006 y 2011, 68.176 hectáreas de monte chaqueño ubicado en la provincia de Córdoba desapareció, según el monitoreo de la ex Secretaría de Ambiente de la Nación. Los años siguientes disminuyó la avanzada sobre el bosque, aunque nunca se detuvo. Unas 8.000 hectáreas se desmontaron en 2012, 3.800 en 2013 y 2.800 el año siguiente. Estos datos son aportados por la ONG Guyra Paraguay.

El tema desmonte había vuelto a ganar gran notoriedad luego de las inundaciones de inicios de 2015 que afectaron a buena parte de las Sierras Chicas cordobesas. Diversas organizaciones volvieron a reclamar la protección de la flora nativa, regulador por excelencia del avance del agua entre las zonas altas y bajas. Sin discutir ese tema de fondo, el gobierno provincial apeló una y otra vez a hablar en abstracto de cambio climático como responsable de los intensos diluvios y hasta creó una secretaría sobre la temática. Las posibles causas del fenómeno climatológico nunca fueron puestas en discusión. La protección concreta del bosque tampoco.

Según un informe del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) en Argentina el 44,3 por ciento de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero corresponden a la sumatoria de los procesos agrícolas y ganaderos. En base a este escenario y a modelos de proyección, el país tendrá un aumento de las precipitaciones de entre dos y ocho por ciento en el centro y en el este, y una disminución de dos a doce por ciento en el noroeste para el periodo 2020-2029. En ese marco, la temperatura mostraría un aumento de entre 0,7 y 1,2 grados por encima de los valores de promedios históricos, siendo máximos en el noroeste argentino.

La información científica está disponible. Desde Córdoba, un grupo de investigadores de la universidad pública hacen su aporte para actuar en función de  mitigar y revertir este proceso de cambio climático. Como demuestra el equipo que integra Georgina Conti defender el bosque nativo no es parte de un slogan sino más bien tiene notables consecuencias para toda la sociedad.

 

Alternativas

Desde el grupo formado en el Imbiv señalan que no toda práctica productiva tiene igual impacto sobre el territorio. Por ejemplo, una producción ganadera de baja carga, la extracción de leña controlada, y diversas prácticas de aprovechamiento del monte  nativo (apicultura, por ejemplo), permiten no afectar “de manera significativa la capacidad de almacenar carbono del bosque chaqueño de Córdoba”. Todas estas prácticas son típicas de comunidades campesinas. Este equipo científico resalta que “están apareciendo diversas evidencias de que los ecosistemas áridos y semiáridos del hemisferio sur (que incluyen al Chaco) estarían teniendo un rol importante en la regulación de las variaciones de dióxido de carbono atmosférico a lo largo del año a nivel global”, de ahí la importancia de pensar estrategias de conservación y manejo de estos ambientes.

Conti enfatiza que “con el bosque conservado hay muchas posibilidades de evitar el cambio climático”, por ese motivo insiste en la importancia de “evitar el manejo extractivo”, es decir el desmonte total, tal como se propone desde los modelos agrícolas. “En general estos bosque tienen una recuperación muy lenta. Y una vez que se desmontó no se trata sólo de decir ‘hay que reforestar’, se debe analizar muy bien con qué especies nativas, porque incluso una reforestación con especies que no sean las debidas puede ser aún más negativo. Lo ideal es evitar que se siga perdiendo biomasa”, reflexiona la bióloga.

Artículo publicado en Revista Acción (IMFC) –primera quincena junio 2017–

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