“Siempre buscamos liberarnos, decidir cómo y con qué alimentarnos”

A menor distancia de ‘Pueblo Mampa’ más certeros son los golpes que recibe el (errático) sentido común que domina. Tras kilómetros y kilómetros de monocultivo de soja, y con mejor suerte de maíz, aparecen en Villa Fiusa relictos de monte nativo: un concepto, un signo, con su referente material en franca extinción. Más aún si pensamos en encontrar bosque en las afueras de Villa María, un área del centro-este cordobés dominado por el agronegocio y sus derivados. ‘Vida y preservación. Respete la flora y la fauna’, reza un cartel que da la bienvenida. Con el correr de las horas, quedará claro que en absoluto se trata de un espacio de conservacionismo abstracto. Por el contrario, aquí se camina en un retorno a las raíces más ancestrales sin caer en folclorismo de museo: producir alimentos de forma sana, en cantidad y calidad necesaria, para que la tierra pueda nutrir a futuras generaciones. “Tenemos la responsabilidad de cuidar el pedacito de planeta que nos toca”, dice Leandro Menaldi (33), como un mandato que guía al colectivo ‘mampero’.

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Desde fines de 2013, un grupo de jóvenes decidió trabajar un pedazo de chacra perteneciente a la Orden de la Merced, situada en el departamento General San Martín. Ante la apertura a diversos emprendimientos sociales y familiares por parte de la actual conducción de ese ámbito eclesiástico, que cuenta con más de 20 mil hectáreas en la zona, Menaldi, junto a compañeras y compañeros, acercaron una iniciativa. El proyecto apuntó a producir alimentos bajo patrones agroecológicos, tanto para el auto-sustento como para la comercialización. Ese inicio con tres miembros derivó a un grupo de diez personas, que en la actualidad ya habita el lugar. En ese tránsito, la experiencia demostró que cumplía con lo proyectado y se ganó año a año el aval de la Orden para seguir este andar por la soberanía alimentaria. El último año, labraron siete hectáreas con huerta, ocho con trigo y apuntan a sumar cinco más para expandir la propuesta. Todo se produce sin uso de insumos químicos de síntesis, con trabajo comunitario, y un profundo sentido de pertenencia por el campo. Aquí no hay unidad productiva que debe ser usufructuada a como dé lugar, hay territorio: el bienestar del suelo, el agua y el aire en armonía con quienes lo habitan está ante todo.

Contrastes

Germán Cravero (40), barba en sombra, lentes, voz de locutor, es el encargado de acercar a este cronista hasta el campo. Este técnico agropecuario acompaña la experiencia de ‘Mampa’ desde su oficio. Conocedor del modelo de agricultura dominante, que utiliza agroquímicos, fertilizantes industriales y semillas transgénicas a granel, decidió virar su actividad hacia el estudio y experimentación de prácticas agroecológicas. Antes de ingresar a la chacra ya se explicita en su rostro el orgullo por dar a conocer este faro de producción ecológica. En la base del campo aguarda Leandro Menaldi: jean gastados, zapatillas, saco de lana y camisa. Luego de la (in)formal presentación, invitan a caminar por el trigal, el gran orgullo de este colectivo. De esas hectáreas surgirán los granos que luego darán paso a la “harina integral extrafina, el producto mejor logrado que tenemos”, comparte Leandro. Cuentan estos jóvenes que la demanda crece y crece. De sólo pensar la cantidad de pan, fideos, y otras pastas derivadas del trigo hecho bajo el sistema convencional, se comprende que al descubrir una opción más saludable se opte por esta vía. Cuenta Leandro que “además de procesar, se venden granos a otros productores o familias que tienen su pequeño molino, y que buscan este producto que es base de la alimentación”.

El siguiente recorrido se centrará en la huerta. La imagen impacta. Trastoca cualquier prejuicio que pueda arrastrar uno tras horas de ruta en la que sólo observa uniformidad. Para dar mayor dimensión al desafío conceptual que implica esta chacra vasta tomar números del Departamento General San Martín, donde se encuentra Pueblo Mampa. Más del noventa por ciento de la superficie sembrada con cultivos de verano lo ocupan sólo dos especies: la soja y el maíz (alrededor de 300 mil hectáreas), hechos casi en su totalidad con el modelo siembra directa-agroquímicos. En la chacra de Mampa “hay más de setenta variedades de verduras, frutas y granos”, dice el joven productor, mientras observa un gran círculo de siembra desde donde surgen formas y tonalidades de los más diversos. Alcaucil, rúcula, tomate, papa yacón, arveja, maíz, lino, trigo, cilantro, cúrcuma, jengibre componen la extensa lista de alimentos que brotan en esta tierra.

A lo que obtienen de la siembra suman el aprovechamiento de especies nativas. El predio tenía zonas donde conservaba parte de la flora autóctona, y desde el grupo decidieron proteger y potenciar esas áreas. “Hay tala, algarrobo, chañar, palo amarillo, cola de caballo”, enumera Leandro, y enseguida agrega: “El monte nos da varias cosas, como la posibilidad de producir arropes e infusiones; nos contribuye con alimento y medicina”. Para completar, cuentan con gallinas ponedoras que los abastecen de huevos, que nada tienen que ver con los que se comercializan en almacenes y supermercados. El alimento y el andar libre de los animales da indicio de que se trata de otra cosa, bien alejada de lo que se produce en formato industrial.

Para nosotros, para todos 

La producción de ‘Pueblo Mampa’ tiene un doble propósito: por un lado abastecer la canasta alimentaria de las familias que allí trabajan la tierra, y a su vez, generar excedentes para comercializar e intercambiar con otras experiencias productivas. Cuentan los habitantes de esta comunidad que en la actualidad cubren casi la totalidad de su dieta con lo que allí producen. Cuanto mucho complementan con productos de otras fincas agroecológicas, con las que han formado una red. “Eso es ejercer soberanía, nada nos limita más que la voluntad de producir el alimento que queremos. Siempre buscamos liberarnos, no depender de otros para decidir cómo y con qué alimentarnos”, reflexiona el joven, mate mediante.

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Alcanzar ese grado de independencia en torno al alimento no es sencillo. Leandro da cuenta de todo ese recorrido, no libre de desapegos, rupturas culturales,  y radical transformación de esa fusión de cuerpo y mente. Lo eligió para él, lo comparte con su compañera, Marianela, su hija Violeta, y su hijo Pedro. Lo enriquece cada día con sus compañeras y compañeros de Mampa. Pero entiende que esta realidad que construyen no debe quedar como un secreto de una aldea aislada. Por el contrario, “queremos compartir esto con la comunidad, ser servidores para ayudar a revertir un proceso que es necesario cambiar, y es el de la producción de alimentos, el de la agricultura”.

Desde ese lugar, preparan bolsones de verduras agroecológicas que venden cada quince días, y abastecen a un almacén saludable de Villa María que abre una vez por semana. Asimismo, su trabajo se ha ganado el respeto de quienes conocen de este tipo de producción, y su harina por es requerida en diversas partes del país, desde Mar del Plata hasta Catamarca, de Misiones a Mendoza. Sin embargo, apuntan a evitar que el alimento recorra grandes distancias, uno de los principios básicos de la agroecología. Así se reduce el desperdicio por los días de transporte, y el gasto energético, basado en combustibles fósiles, base de la contaminación y el calentamiento climático. “Intentamos ir articulando para que otros puedan abastecer a quienes están más lejos, y poco a poco hacernos más fuertes en nuestra región, en la zona que habitamos. Eso permite tener más ida y vuelta entre productor y consumidor, que visite la chacra seguido, que vea cómo se está haciendo el alimento que va tener en su casa.”

La tierra habla

‘Las lluvias son cada vez más intensas por el cambio climático’. ‘Los suelos ya no absorben el agua como antes’. ‘Los campos se inundan’. ‘Se pierden cosechas récord’. ‘Hacen falta más y más fondos ¡públicos! para la emergencia agropecuaria’. “Son frases sueltas sin pensar o imagen suelta sin pensar”, dice una canción del grupo Divididos. Efectivamente esa secuencia ocurre y cada vez con mayor regularidad, y peores consecuencias. Lo que subyace es un modelo productivo y de ordenamiento territorial que tiene directa relación con ese escenario. Son numerosos los estudios que cuantifican el impacto del desmonte en la emisión de dióxido de carbono, causa del cambio climático[1]. Está documentado el impacto en la falta de absorción de agua de los suelos producto del modelo de siembra directa, centrado en años de soja sobre soja[2]. Dice el reconocido agrónomo argentino Walter Pengue que la agricultura actual “se ha convertido en un proceso ‘minero’ de extracción” que no repone los nutrientes naturales. En base a modelos de análisis del actual sistema productivo, Pengue alerta que “se puede pronosticar un agotamiento total de nuestros suelos en unos cincuenta años, aun considerando el aporte de fertilizantes”[3]. Los suelos pampeanos, un territorio con condiciones agronómicas únicas ha sido devastado en un par de décadas. En el mismo paquete de lesiones ambientales, se cuenta el impacto en napas, arroyos y ríos del masivo uso de plaguicidas como el Glifosato, del que se hallaron trazas en valores altos en ríos como el Paraná[4] o de la Atrazina, prohibida en varios países, entre otros motivos por su capacidad de acumulación en aguas subterráneas[5].

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Este cuadro de catástrofe encuentra en Pueblo Mampa una isla que invita a creer que todo puede ser distinto. Que se puede detener la máquina de destrucción, y que allí donde todo parece direccionado en una sola vía hay senderos de esperanza. Leandro se pone en cuclillas, mira el suelo, piensa, interpreta, se funde con lo que pisa, lo siente. Esa es la sensación que transmite: siente la tierra. Mientras el agronegocio mide su éxito en la cantidad granos cosechados y los dólares que acumulará sin importar el costo ambiental, aquí se trata de otra cosa. El productor de Mampa así lo explica: “Nosotros evaluamos el rendimiento viendo cuánto podemos mejorar la calidad del suelo”. “El productor convencional no mide el deterioro del suelo que provoca, y entonces te encontrás con campos que son un desierto después de un par de años de  monocultivo y uso de agroquímicos. Y partir de ahí, para que ese suelo genere algún tipo de producción lo tienen que llenar de fertilizantes, que tienen un costo alto, por lo que vuelven una y otra vez a eso”, reflexiona sobre ese círculo enviciado. “En nuestro caso, buscamos otra cosa”, aclara.  Desde su análisis de diversos casos, Cravero aporta: “El sistema de fertilizantes químicos empieza poco a poco a atenuar toda la potencialidad del suelo, toda su capacidad biológica para producir nutrición, y para regenerarse. Acá ocurre lo contrario. Y además, podemos sumar la variable económica, porque aunque varían los rindes con respecto a campos convencionales, en Mampa no hay inversión en todo ese paquete de insumos, por lo que la ecuación es mucho más favorable”. Queda claro que las  empresas del sector químico hacen intensos esfuerzos por invisibilizar la agricultura natural, la que siempre alimento a la población, y nunca debió dejar de hacerlo.

Semilla de libertad

Caminar por Pueblo Mampa es -como el cronista decía al inicio- constatar que mujeres y hombres de estas tierras hacen posible  derrumbar slogans del sentido común (meticulosamente pensados y financiados): ‘no se puede producir sin agroquímicos y fertilizantes’, ‘nadie quiere trabajar en el campo’, ‘en la Pampa Húmeda la única que queda es hacer soja’. Una a una las frases se desvanecen hasta desaparecer contrastadas en la materialidad, en el territorio, en las manos y las mentes que habitan este espacio. Dice Germán Cravero que “compartir estas experiencias es mostrar a otros que se puede sembrar sin comprar semillas e insumos”. “En este lugar, ese pequeño acto de sembrar de manera autónoma es meter luz en un ámbito que se ha convertido en oscuridad, como es el de las empresas que comercializan semillas”, dice con notable humildad. Queda detenido, y con envión lanza: “Eso es libertad, este lugar tiene una gran potencia en términos de libertad, nada menos que relacionada a la producción de alimentos”.

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Al hablar de sloganes y lugares comunes, Leandro recuerda algunas percepciones en sus primeros tiempos dentro del campo: algún murmullo vecinal en la zona de Villa María, alguna chicana en contra del proyecto. Pero lo cuenta dejando de lado algún rencor u enojo. Por el contrario, allí donde pudiera haber ruptura busca construir, abrir su espacio para convidar a otras y otros lo que está convencido es una vida plena. “Cuando vinimos alguno pensaba ‘estos hippies que llegan con ropa rara a trabajar la tierra, deben venir a cultivar para fumar’”, apunta sobre esos primeros pasos mamperos. “Todo eso se cae, porque queda a la vista de la comunidad que venimos a trabajar la tierra, a cuidar el alimento y la salud nuestra, y de los vecinos. Porque realmente sentimos eso, que estamos cuidando la tierra, que no es otra cosa que un espacio natural que no le pertenece a nadie, que es para todos”.

 

 

*Para conocer más, Facebook: Pueblo Mampa

[1] ‘Large changes in carbon storage under different land-use regimes in subtropical seasonally dry forests of southern South America’, Georgina Conti y otros (2016).

[2] ‘Ascenso de napas en la Región Pampeana: ¿Consecuencia de los cambios en el uso de la tierra?’, Bertram N. y Chiacchiera S. (2016).

[3] “Suelo virtual, biopolítica del territorio y comercio internacional” (2010).

[4] ‘Water quality of the main tributaries of the Paraná Basin: glyphosate and AMPA in surface water and bottom sediments’, Ronco A. y otros (2016).

[5] ‘Atrazina: un herbicida polémico’, Hansen A. y otros (2013).

Artículo publicado en concienciasolidaria.org.ar –junio de 2017–

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